Aprendamos de los Niños

Por:  Rosa Hanna. La infancia no sólo es inocencia. Es también la edad del asombro, el descubrimiento y de una gran perseverancia. ¿Acepta el reto de aprender de los niños?

Podemos aprender bastante de los niños. Casi todos tenemos la fortuna de conocer de cerca la magia de la niñez  veinte o treinta años después de haber sido niños. Si nuestros hijos tienen niños, recibiremos aún más lecciones.

Parecería que muchos conciben el proceso de aprendizaje como una calle de un solo sentido. Pienso que les convendría dedicar más tiempo a aprender de sus niños, y menos a enseñarles.
Los niños saben pasarla bien, mucho más que la mayoría de los adultos. Los niños saben reír. No necesitan gran cosa para reírse. A veces no necesitan nada. Ellos ríen porque les agrada la sensación. ¿Ya cubriste hoy tu cuota de risa?

Los niños son espontáneos. No analizan ni elucubran cosas. Simplemente se mantienen ocupados siendo ellos.

Los niños siempre viven fascinados. Son curiosos. Una piedra, un escarabajo o un charco, es una fuente de asombro para un niño. Todo es una experiencia nueva y emocionante. Los adultos nos desconectamos y ya no entendemos de rocas, insectos, charcos ni ratones. Aún podríamos aprender mucho de estas cosas, pero el problema es que, al llegar a la edad adulta, olvidamos cuán mágico es este planeta.

Los niños aceptan abiertamente. No tienen prejuicios. Les gustas rico o pobre, blanco o negro. Los niños no se escandalizan por ideas políticas o religiosas. A los niños no les preocupa demasiado bañarse o no bañarse. Te aceptan a ti. Aceptan las circunstancias hasta el día en que aprenden a no hacerlo. ¿Cuándo has oído a tus niños quejarse del clima? No lo hacen. Saben por intuición que tienen que adaptarse al curso de las cosas.

¿No es cierto que a todos petrifica y deleita la honestidad de los niños?
¿Por qué estás tan viejo?, ¿Ya te vas a morir?
¿Por qué le pegas a la mesa?, El papá de Pedro  siempre se ríe. ¿Por qué tú no?
Los niños tienen una gran capacidad de recuperación psicológica y una enorme determinación. Si quieren algo, no se dan por vencidos. Por eso los oímos insistir: ¿Me compras un helado? ¡Quiero un helado!

Su perseverancia es digna de admirarse y soportarse. Si los vendedores de seguros se capacitaran en un jardín de niños, ¡probablemente el noventa y ocho por ciento no claudicarían en los primeros doce meses! Sencillamente, los niños perseveran.

Cuando aprendías a caminar, perseverabas en tu empeño una y otra vez. Te caías y te levantabas. Te ibas de bruces y volvías a incorporarte. ¡Al final aprendiste a caminar!

¿Aún posees ese tipo de determinación?

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