La adivinadora. Una historia real para un día cualquiera

“Caminos nuevos no se hacen con zapatos viejos, estos llevan en la suela lo ya andado y aunque no quieras te vuelven a las mismas rutas, gobiernan los pasos… tienes que cambiar”

Por: Manuel Alberto Ramy. La Habana. Vive en lo que fue un amplísimo garaje de una residencia en Miramar, cerca de la casa de mi buen amigo Aurelio. Dice llamarse Esperanza. Puede que sea cierto. Puede que no y el nombre le sirva para atraer clientes a su negocio porque ¿quién no desea esperanzas? Resulta que su negocio, que ella denomina como ayuda o previsión, no está registrado en el listado de cuentapropistas. Esperanza es adivinadora, lo mismo tira las cartas que lee el futuro en la palma de la mano. Quizás por esto los inspectores de impuesto no la visitan. Temen a su pronóstico.

La vi cuando caminaba con Aurelio hacia la esquina en la que tenía parqueado mi auto. Ella estaba sentada sobre un pequeño muro pegado a la acera. Gruesa, pelo canoso, ropa de andar en la casa y unos ojos verdes que con el tiempo han perdido la intensidad del brillo con el que debió encandilar a los hombres en los años de su juventud. Esperanza debe rondar los 70 años.

Saludó a Aurelio pues se conocen del barrio y después me miró fijo para de inmediato decirme “está muy tenso pero tiene solución”. Le sonreí. “Quieres que te tire las cartas”, invitación inevitable. Mientras yo volvía a sonreir Aurelio me dijo que por allí pasaban todas las semanas distintas tripulaciones de los vuelos intercontinentales para saber que les deparaba el mañana o el ahorita. “Ella tiene fama de acertar, gran clientela y le pagan bien la consulta, de eso vive porque la jubilación no alcanza”, me precisó.

“Si no quiere las cartas, deme la mano”, insistió con su verde mirar fijo. La solicitud me recordó aquella noche-madrugada que refrescaba en las márgenes del sevillano Guadalquivir. Estaba en una mesilla al aire libre en la margen frente a la Torre del Oro cuando una gitana joven quiso leerme el futuro en las líneas de las manos. Me negué, recuerdo, con una contraoferta: “Yo leo las rodillas, especialmente a las mujeres porque en ella están los andares y las genuflexiones, lo mismo ante la imagen de la Macarena que sobre un mar de sábanas blancas”, dije. Rió. Me ofreció una flor y yo le di un par de euros y cuando se marchaba volvió con la invitación de que le leyera las rodillas, “¿vale?”. Reí y me excusé diciéndole que todo era una coña. “Lo sé, pero me vas bien”, respondió agregando una previsión: “Lo que buscas encontrarás. Te irá bien”. Desapareció por una de las callejuelas estrechas. Y la gitana acertó pues me fue de maravillas y fácil, como no esperaba.

“A ti te ha ido bien en otros países”, soltó Esperanza como si hubiese vivido aquellos momentos junto a mí bebiendo una Mahou cerca de un río tan manso que parecía piel suave de mujer en plenitud. “Pero ahora las cosas no serán así, se te pondrán difíciles… veo nubes sobre tu cabeza y campos de espina en tu camino. Cuida el corazón, los pulmones y los pasos porque…”. Se detuvo y bajó la cabeza. ¿Gesto teatral? Me acerqué extendiendo mi mano abierta. No quiso. Cuando me marchaba me soltó a la manera de liberar de una jaula un consejo con alas, que no una predicción: “Caminos nuevos no se hacen con zapatos viejos, estos llevan en la suela lo ya andado y aunque no quieras te vuelven a las mismas rutas, gobiernan los pasos… tienes que cambiar”. Entonces, cuando balanceó sus piernas, observé sus pies, gruesos y descuidados como quien acostumbra a andar descalza. Rápidamente extendí su mensaje personal al conjunto de mi sociedad y país. El problema no reside en el camino ni en la meta si no en cambiar las suelas para no repetir andaduras fracasadas.

Por sí o por no al otro día me compré un par de zapatos nuevos y por primera vez en mi vida antes de ponérmelos miré las suelas. Nunca habían andurriado, ni siquiera para probarlos. Progreso Semanal/ Weekly

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