Los Inmigrantes en Marshalltown

Por Anne C. Woodrick. A fines de la década de 1908 los nuevos puestos de trabajo en la creciente industria del procesamiento de carne atrajeron a la fuerza laboral hispana hacia la zona del medio oeste, lo que modificó de manera visible la composición étnica y la cultura de muchos pequeños pueblos agrícolas locales. Uno de esos pueblos es Marshalltown, en el estado de Iowa, donde la llegada de trabajadores hispanos y sus familias, obligó a los antiguos residentes y a los recién llegados a encontrar la manera de comunicarse, entenderse y trabajar juntos.

Marshalltown, que en el año 2009 tenía una población de 25.814 habitantes, es un centro agrícola e industrial ubicado en el centro de Iowa. Como en el resto de Iowa la población de Marshalltown era históricamente muy homogénea. El pueblo fue establecido en 1853 por colonos principalmente alemanes, irlandeses y noruegos. Hace 20 años apenas el cinco por ciento de la población era de origen no europeo; el porcentaje incluía a familias de refugiados procedentes del sudeste asiático, indígenas norteamericanos, y afroamericanos. Ninguno de esos grupos llegó a conformar una base de población importante en Marshalltown. Sin embargo los 292 residentes hispanos, o sea el 0,76 por ciento de la población de Marshalltown en 1990, fueron el cimiento para la rápida diversificación étnica de la pequeña ciudad y sus alrededores.

La expansión de la empresa Swift and Company, dedicada al procesamiento de carne en Marshalltown, a fines de la década de 1980, atrajo a algunos hispanos que dejaron sus hogares en el valle central de California para salir en busca de nuevas oportunidades de trabajo, un estilo de vida más tranquilo y un costo de vida más barato. En casi una década más de 3.700 hispanos se habían asentado en el condado de Marshall (9,6 por ciento de la población total) y para el año 2009 algo más de 6.100 hispanos residían en la zona (15,8 por ciento de la población). Una razón importante para el rápido crecimiento fue la red de interacción entre la planta Swift y los residentes de Villachuato, Michoacán, México. Para el año 1998, poco menos de la tercera parte de los trabajadores de toda la línea de producción en Swift eran villachuateños. Aunque la población hispana residente representa a muchos países de América Latina y a la mayor parte de los estados mexicanos, un gran porcentaje de los inmigrantes viene de Michoacán, Jalisco y Guanajuato (México).

Actualmente la presencia hispana en Marshalltown es obvia. Muchas casas están pintadas con colores pastel y en los jardines frontales se levantan efigies de la Virgen de Guadalupe. Los anuncios en español están en todos lados. Una escuela primaria tiene un programa de estudios bilingüe. Varias iglesias, católicas y protestantes, ofician servicios religiosos y no religiosos, para los hispanos. Las fiestas mexicanas en los matrimonios y cumpleaños quinceañeros son grandes, muy concurridas y frecuentes. En el centro del pueblo se encuentran tiendas mexicanas de toda variedad. Se han abierto negocios propiedad de hispanos. Cada institución social del pueblo ha sido influenciada por los recién llegados.

Tensiones entre los oriundos y los recién llegados

Las tensiones entre los recién llegados y los antiguos residentes se produjeron en relación a cuatro temas principales. Los temas logísticos se centraron en cómo las instituciones y los negocios locales podían acomodar y servir a la población reciente de rápido crecimiento. El acercamiento inicial y el de los servicios fueron otro asunto importante, la brecha sociocultural entre la gente del pueblo y los hispanos recién llegados. La comunicación era difícil, si no imposible. La cuestión del idioma y las barreras culturales no podían ser resueltas con la sola contratación de traductores, que inicialmente ni siquiera eran versados en ambos idiomas. En muchos casos la gente del pueblo tenía expectativas poco reales, creyendo que los recién llegados aprenderían el inglés de la noche a la mañana y se comportarían de inmediato como naturales de Iowa. Los inmigrantes hispanos trataron de acomodarse a su nuevo ambiente, pero se desanimaban al tratar de comunicarse, y los malos entendidos eran comunes. Incluso, a pesar de que los hispanos compartían prácticas sociales comunes, como ir a la iglesia, las pautas culturales diferentes crearon problemas.

Los temas legales y políticos también crearon tensiones. El asunto más importante ha sido la situación de indocumentados de muchos hispanos. Algunos residentes anglosajones de Marshalltown calificaron a los hispanos recién llegados en una categoría: extranjeros mexicanos ilegales, con lo de “ilegal” interpretado como criminal.

Una cuarta fuente de tensión ha sido la discriminación. Las tensiones en Marshalltown se exacerbaron con el rápido aumento de la población inmigrante y con criterios y material impreso que fácilmente desinformaban o malinterpretaban. La mayoría de los comentarios sobre los hispanos se publicaban anónimamente en la columna del periódico local “dígalo como es”, en la que se afirmaba que los hispanos estaban arruinando Marshalltown.

Claves para acomodarse

En 1989 los inmigrantes hispanos en Marshalltown estaban aislados y eran recién llegados ignorados. Lentamente eso comenzó a cambiar. En principio una persona se acercó a los hispanos recién llegados. No pudo resolver todos los problemas, pero marcó una diferencia cuando puso en marcha una serie de programas que pronto se hicieron importantes para la transformación de Marshalltown en una comunidad diversa culturalmente y con éxito. En diciembre de 1990 se conformó una comunidad con identidad hispana con la organización de una congregación religiosa a cargo de un pastor luterano, John Allen, que impulsó el diálogo con los recién llegados. Allen educó a la gente del pueblo acerca de los inmigrantes y fue partidario de sus necesidades. Organizó un grupo cívico de tareas (más tarde el comité de diversidad), formado por los principales funcionarios y líderes del pueblo, para coordinar los esfuerzos de acomodo. Los programas religiosos de acercamiento ofrecieron clases de inglés como segundo idioma, crearon un banco de alimentos y atendieron las necesidades de vivienda. Allen comprendió claramente la necesidad de integrar a los nuevos inmigrantes en la plena sociedad de Marshalltown.

Dos años más tarde, Allen, sometido a fuertes críticas de sus feligreses por dar servicio religioso a los “católicos” hispanos en una iglesia luterana, renunció a su cargo. Al mismo tiempo la iglesia católica cercana designó al padre Paul Ouderkirk para hacerse cargo de nuevo ministerio hispano. Allen y Ouderkirk se hicieron amigos y redactaron una liturgia especial para la “transición” de la comunidad hispana de la iglesia luterana a la iglesia católica. Esta medida reforzó la identidad de la comunidad hispana. Las oportunidades para el liderazgo laico hispano se ampliaron dentro la iglesia católica. Los ministerios católicos hispanos se comportaron como escudos protectores de la comunidad inmigrante. Ayudaron a educar a los parroquianos y a los miembros de la comunidad para acabar con las ideas estereotipadas y la información errónea. Ayudaron a los hispanos con sus trámites legales. El comité de diversidad siguió resolviendo los temas logísticos. Los hispanos fueron invitados a formar parte del comité de diversidad, pero rara vez asistían. Luego, en 1996 los funcionarios del INS encargados de aplicar la ley llegaron a la planta procesadora de carne y arrestaron a 99 trabajadores hispanos que no tenían documentación legal para trabajar en Estados nidos. Los “extranjeros ilegales” fueron deportados, aumentó la cobertura de los medios respecto a los mexicanos ilegales y los esfuerzos iniciales de integración se vieron erosionados.

La prensa negativa sobre la inmigración ilegal hispana resucitó viejos sentimientos y estereotipos negativos. Un resultado beneficioso de la incursión fue el foro público abierto patrocinado por el comité de diversidad. Al año siguiente el comité de diversidad proclamó la celebración anual del 4 de julio como Día del Patrimonio como reconocimiento a todos los grupos étnicos del pueblo. Esta práctica siguió en los años posteriores.

En 1998 ocurrió otro cambio en el ministerio católico hispano que sirvió como catalizador para la comunidad hispana. En grupos eclesiásticos de estudio los hispanos hablaron sobre su experiencia con la explotación y la discriminación. La hermana Thein los animó a que expusieran esos temas en el concejo de la ciudad. Lo hicieron y ella les sirvió de intérprete. Entonces los hispanos organizaron su primera manifestación pública de protesta el Domingo de Ramos. Los participantes mostraron cómo los valores hispanos sobre la familia, el trabajo y la religión no eran diferentes de los valores anglosajones.

El año 2001 varios profesores universitarios organizaron el primero de sus varios viajes de estudios, llevando a Villachuato (México) a los principales líderes de Marshalltown. En ese lugar los líderes pudieron comprender el contexto histórico y económico de la inmigración y la realidad de la vida cotidiana de las familias separadas por la emigración. Retornaron a su pueblo habiendo cambiado radicalmente sus percepciones y pronto establecieron una variedad de novedosos programas de acercamiento, entre ellos un programa bilingüe elemental y una videograbación en español para explicar las leyes en Marshalltown. Los líderes de la ciudad también reconocieron la importancia de los hispanos en el crecimiento y el desarrollo económico. Esas iniciativas fomentaron la participación y la comprensión social.

El comité diversidad se deshizo en 2004 dado que los líderes hispanos se habían convertido en participantes activos en la comunidad de Marshalltown. Los líderes hispanos, muchos de los cuales estuvieron entre los primeros recién llegados, identificaron los temas que afectaban a su bienestar y buscaron soluciones. La juventud hispana ha aprendido de la experiencia de sus padres y participa activamente en los foros públicos y aboga en favor de sus derechos.

Las tensiones no han desaparecido completamente en Marshalltown. Los avances se han visto seguidos de retrocesos. Las tensiones entre los residentes establecidos y los recién llegados suben y bajan, y nunca desaparecen completamente. Sin embargo Marshalltown ha hecho avances importantes en la integración de inmigrantes hispanos, gracias al esfuerzo de personas dedicadas, visionarias y simpatizantes que impulsaron, sin obligar a nadie, la comunicación y la participación entre los recién llegados y la gente del pueblo. El enfoque innovador a los viejos problemas estimuló el surgimiento de nuevas ideas y direcciones. Los líderes anglos e hispanos fomentaron las oportunidades rutinarias en favor del diálogo abierto, aprendizaje por medio de la experiencia para los líderes de la ciudad, y responsabilidad cívica. Como resultado, Marshalltown ejemplifica el modo en los recientes inmigrantes pueden hacerse menos invisibles y aislados, y estar más integrados en el discurso y la acción civil.

Anne C. Woodrick es profesora de antropología en la Universidad del Norte de Iowa. Recibió su licenciatura en antropología en la Universidad de Michigan y su doctorado por la Universidad de California, San Diego. Entre los temas que le interesa investigar figuran el papel de la religión en el desarrollo de las comunidades y la movilización de los inmigrantes latinos en el medio oeste de Estados Unidos, y la religiosidad de la mujer campesina mexicana.

You must be logged in to post a comment Login