Medio Siglo Después de 2001 Odisea del Espacio

Para el director, Stanley Kubrick, 2001 era «una historia de mitología antes que de ciencia ficción», para el mundo fue una aventura cinematográfica que se mantiene viva en la memoria colectiva.

Un año antes de la llegada del hombre a la luna, se estrenaba uno de los filmes de ciencia ficción más representativos del género y, hasta ese entonces, con más veracidad sobre la física, el espacio y la astronáutica. 2001: Odisea del espacio (1968), de Stanley Kubrick, marcó un hito para las películas sci-fi no sólo por su planteo narrativo o por abordar temas como la evolución de la inteligencia humana y el avance tecnológico de la inteligencia artificial, sino también por los innovadores efectos especiales, diseñados y conducidos por el mismísimo Kubrick y que le hicieron ganador del único Oscar de toda su carrera, en la categoría de Mejores Efectos Visuales.

El l2 de abril de 2018, se cumplieron 50 años de la premier de 2001: una odisea del espacio en el Cine Uptown de Washington, aunque para cuando se estrenó en cinco ciudades de los Estados Unidos el día 10, Kubrick había eliminado 19 minutos del metraje original, dejándola en «sólo» 142 minutos.

2001 se ha convertido en todo un clásico que nos lleva a reflexionar sobre nuestro origen, si hay motivos para creer en la existencia de vida inteligente extraterrestre, o cual sería nuestra reacción en caso de poder ponernos en contacto con ella.

Como era casi siempre común en Kubrick, nada de lo previsto se cumplió. Se hicieron múltiples cambios, desde el título de la película, la fecha de inicio de rodaje, (que finalmente arrancó el 29 de diciembre) y las locaciones, ya que la cinta no se filmó en ninguno de los países mencionados (salvo estudios de Reino Unido, y algunas transparencias que se usaron de África). Además, por orden de Kubrick, los actores fueron todos desconocidos, quedando como protagonistas Keir Dullea, Gary Lockwood, William Sylvester y Douglas Rain. Curiosamente ninguno de ellos tuvo después un papel relevante en ningún filme que superara a los personajes que encarnaron en 2001.

Kubrick al frente de 2001. Era tal el deseo de plasmar la verosimilitud sobre el espacio y sus efectos, que se convocó a un equipo de más de 100 personas para trabajar en la película, entre ellos, 25 técnicos de efectos especiales y 36 diseñadores.

Todo empezo con Ikarie XB-1, una película checoslovaca de 1963, dirigida por Jindrich Polák, que le sirvió de inspiración a Kubrick para la elaboración de 2001. Se trata de un film basado en la novela La nube de Magallanes de Stanislaw Lem, un escritor polaco del que Andrei Tarkovski adaptó para las pantallas otra de sus obras más conocidas: Solaris.

El guión de 2001: Odisea del espacio fue escrito por Kubrick y por el novelista Arthur C. Clarke, basándose en un cuento de este último titulado El centinela, escrito en 1948 y publicado originalmente en la revista 10 Historias de Fantasía, en 1951. La trama de la película se centra en un equipo de astronautas, que trata de seguir las señales de radio emitidas por un extraño monolito hallado en la Luna y que parece ser obra de una civilización extraterrestre. Kubrick, quien ya tenía mucho prestigio en esa época por haber sido el responsable de filmes como Paths of Glory (1957), Spartacus (1960), Lolita (1962) y Dr. Strangelove (1964), solicitó tener asesoramiento personalizado de múltiples expertos, desde el pensador Carl Sagan, hasta ingenieros de la NASA, pasando por varios directivos y responsables de la compañía IBM. Era tal el deseo de plasmar la verosimilitud sobre el espacio y sus efectos, que se convocó a un equipo de más de 100 personas para trabajar en la película, entre ellos, 25 técnicos de efectos especiales y 36 diseñadores.

Una veintena de mimos y bailarines de brazos muy largos fueron contratados para interpretar a los simios en la secuencia del amanecer del hombre.

Lo que podríamos denominar las partes narrativas fueron rodadas entre finales de diciembre de 1965 y principios de julio del año siguiente, pero los planos con efectos especiales –que se llevaron más de la mitad del presupuesto total– no concluyeron hasta marzo de 1968. Se filmó en los estudios británicos de Metro Goldwyn Mayer, Monument Valley (Arizona), la isla escocesa de Harris y el desierto almeriense de Tabernas, que simuló la superficie lunar. La película, de 142 minutos de duración, consta de 612 planos, de los que 205 corresponden a los efectos especiales. El estudio se gastó 240.000 euros en una centrifugadora de 12 metros de diámetro convertida en el interior de la nave ‘Discovery’. Fue rodada en Super Panavision de 70 mm y exhibida con el sistema Cinerama.

La historia de un rodaje excepcional, aunque caótico según quienes intervinieron en él, nos recuerda que una veintena de mimos y bailarines de brazos muy largos fueron contratados para interpretar a los simios en la secuencia del amanecer del hombre. Lo hicieron provistos de una compleja máscara ideada por Colin Arthur, antiguo creador de figuras de cera para el museo de Madame Tussauds, que contenía un molesto sistema de palancas interior que los extras accionaban con la lengua para reproducir los movimientos de los músculos faciales. Arthur diseñó las máscaras de forma individual, directamente sobre la cabeza de cada hombre, con el fin de que todos tuvieran su propia y diferenciada expresividad.

Geoffrey Unsworth, el director de fotografía, dejó el rodaje a los seis meses porque el proceso de elaboración del filme se extendía demasiado y él había adquirido compromisos con otros productores. Lo sustituyó John Alcott, a partir de entonces, y hasta su muerte en 1986, el colaborador más estrecho de Kubrick: suya es la fotografía de ‘La naranja mecánica’, ‘Barry Lyndon’ y ‘El resplandor’.

Kubrick dijo que era «una historia de mitología antes que de ciencia ficción», y citó como conceptos la inmortalidad biológica, el papel de las máquinas inteligentes y las entidades totales emparentadas con la concepción tradicional que se tiene de Dios, por lo que no es extravagante decir que se trata de una odisea cósmico-biológica y una interpretación laica del Génesis. El cineasta buscaba construir una imagen científica de Dios. Hay cosas de ‘2001: Una odisea del espacio’ que siguen siendo inescrutables.

El filme es igualmente un curso de lenguaje cinematográfico: la relación entre música e imagen con los valses de Johann Strauss y el ‘Así habló Zarathustra’ de Richard Strauss, que nunca después se ha escuchado sin asociarlo al inicio del filme; la excepcional elipsis de cuatro millones de años que convierte un hueso lanzado al aire por un antropoide en una nave espacial; el clímax de la desconexión de ‘HAL 9000’; la forma de filmar la ingravidez con el bolígrafo suelto en el aire; el lisérgico viaje a Júpiter atravesando la puerta estelar y la transformación final y muy Nietzsche del anciano en un feto-estrella, el hombre nuevo.

Kubrick definió su filme como una experiencia no verbal, y el filósofo Eugenio Trías escribió que «encarna el deseo de Kubrick de volver a una suerte de cine mudo, sin emoción aparente: el ritmo diacrónico del relato, sin diálogos, con ruidos de fondo, solo con la respiración de la aeronave, o de sus tripulantes, parece disolverse en música».

“¿Qué pretendía realmente con esta película?”, respondió: “Intenté hacer una película que fuera una experiencia visual que trascendiera las limitaciones del lenguaje y penetrara directamente al subconsciente, con una carga emotiva y filosófica. Quise que fuese una experiencia subjetiva vivida intensamente y que llevase al espectador a un nivel interno de conciencia, del mismo modo que logra hacer la música”

Apreciar nuevamente “2001” en la pantalla grande quizá nos ayude a replantearnos las preguntas que Kubrick deliberadamente nunca respondió, dejándonos inmersos en una especie de acertijo sobre el origen del hombre, el tiempo y el espacio.

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