Nada: Una novela de Carmen Laforet por Mario Vargas LLosa

La escritora Carmen Laforet ha sido relacionada con el existencialismo, la corriente literaria surgida en la posguerra. Medio siglo después de publicada, su hermosa y terrible novela " Nada" sigue viva. Esta es la introducción a la novela del escritor Mario Vargas LLosa.

Carmen Laforet se adelanta a su tiempo con una prosa intimista y fotográfica, en la que se describe perfectamente la Barcelona de la época. La autora utiliza para ello recursos propios del impresionismo

Hasta que yo vine a España, en 1958, no creo haber leído a escritores españoles contemporáneos residentes en la Península, por un prejuicio tan extendido por la América Latina de aquellos años como injusto: que todo lo que se publicaba allá rezumaba ñoñez, sacristía y franquismo. Por eso, sólo ahora he conocido la delicada y sofocante historia de Andrea, la adolescente pueblerina que llega a la Barcelona grisácea de principios de los cuarenta, llena de ilusiones, a estudiar Letras, que Carmen Laforet relata con una prosa entre exaltada y glacial, donde lo que se calla es más importante que lo que se dice, y que mantiene al lector sumido en una angustia indescriptible, de principio a fin de la novela. No hay en esta minuciosa autopsia del ánimo de una muchacha encarcelada en una familia hambrienta y medio enloquecida de la calle Aribau la menor alusión política, salvo quizás, muy de paso, una referencia a las iglesias quemadas de la Guerra Civil. Pero, sin embargo, la política gravita sobre toda la historia como un ominoso silencio, como un cáncer proliferante que lo carcome y devasta todo, esa universidad purgada de vida y aire fresco, esas familias burguesas calcificadas de buenas maneras y putrefacción visceral, esos jovencitos confusos que no saben qué hacer, dónde volver la vista, para escapar a la enrarecida atmósfera en que languidecen de aburrimiento, privaciones, prejuicios, miedos, provincianismo y una ilimitada confusión.

Nada es una novela escrita por Carmen Laforet en 1944, que ganó el Premio Nadal el 6 de enero de 1945; más tarde, en 1948, obtuvo el Premio Fastenrath de la Real Academia Española. La obra llamó la atención no solamente por la juventud de la escritora, que por aquel entonces tenía 23 años, sino también por la descripción que Laforet hizo de la sociedad de aquella época. Frente a quienes dijeron que la novela era autobiográfica, la autora misma escribió, en la introducción a la compilación titulada Novelas (Primera edición de 1957, Barcelona, Editorial Planeta) lo siguiente: “No es, como ninguna de mis novelas, autobiográfica, aunque el relato de una chica estudiante, como yo fui en Barcelona, e incluso la circunstancia de haberla colocado viviendo en una calle de esta ciudad donde yo misma he vivido, haya planteado esta cuestión más de una vez”.
Nada es una novela de carácter existencialista en la que Carmen Laforet refleja el estancamiento y la pobreza en la que se encontraba la España de la posguerra. La escritora supo transmitir con esta obra, escrita con un estilo literario que supuso una renovación en la prosa de la época, la lenta desaparición de la pequeña burguesía tras la Guerra Civil.
Esta novela fue incluida en la lista de las 100 mejores novelas en español del siglo XX del periódico español «El Mundo».

Es admirable la maestría con que, a base de leves apuntes anecdóticos y brevísimas pinceladas descriptivas, va surgiendo ese paisaje abrumadoramente deprimente que parece una conspiración del universo entero para frustrar a Andrea e impedirle ser feliz, igual que a casi todos quienes la rodean. Y, pese a ello, hay en esta adolescente desvalida un espíritu tenaz, indoblegable, que le impide entregarse a la desesperación y vengarse de la mala vida, como hace la bestia de su tío Juan, moliendo a golpes a su mujer, o el tío Román, el artista fracasado, degollándose con una navaja de afeitar, o la abuela, refugiándose en la demencia senil donde se sufre menos que encarando la sórdida realidad. Fuera de Andrea y el perro Trueno, en esa espantosa familia sólo es simpática Gloria, la maltratada esposa de Juan, la tahúr que recorre los garitos del bajo mundo barcelonés timbeando para dar de comer a los inútiles que la rodean.

En el mundo de Nada -el inmejorable título lo dice todo sobre la novela y el lugar en que transcurre- sólo hay ricos y pobres, y como en cualquier país tercermundista, la clase media es una delgada membrana que se encoge y, como la familia de Andrea, tiene ya medio ser hundido en esa mezcolanza popular donde se confunden trabajadores, pordioseros, vagos, parados, marginados, mundo que la espanta y al que trata de mantener a raya a base de feroces prejuicios y delirantes fantasías. Nada existe más allá de ese mundillo larval que rodea a los personajes; incluso el pequeño enclave bohemio que han construido en el barrio antiguo los jóvenes pintores que a veces frecuenta Andrea y que quisieran ser rebeldes, insolentes y modernos, pero no saben cómo, tiene algo de caricatura y campanario.

Pero es sobre todo en el dominio del amor y del sexo donde los personajes de Nada parecen vivir fuera de la realidad, en una misteriosa galaxia en la que los deseos no existen o han sido reprimidos y canalizados hacia actividades compensatorias. Por ejemplo, la violencia. Es imposible no advertir -aunque él ni siquiera lo sospeche- que la manera como la moral reinante ha ido empujando al tío Juan a satisfacer sus pulsiones sexuales es a través de las golpizas sangrientas que inflige a su mujer de pronto y sin razón, como para descargar unas energías sobrantes que lo ahogan. Si en casi todos los aspectos de la vida, el mundo de la novela delata una moral pacata hasta lo inhumano que enajena a hombres y mujeres y los empobrece, en éste, el del sexo, aquella distorsión alcanza proporciones inverosímiles y es, seguramente, en muchos casos, la secreta explicación de las neurosis, la amargura, el desasosiego, el desconcierto vital de que son víctimas casi todos los personajes, incluso Ena, la amiga vivaz y emancipada a quien Andrea admira y envidia.

¿Sospechaba esa muchacha de veintitantos años que era Carmen Laforet cuando escribió su primera novela que en ella retrataba de manera tan implacable como lúcida una sociedad brutalizada por la falta de libertad, la censura, los prejuicios, la gazmoñería y el aislamiento, y que en la historia de su conmovedora criatura, Andrea, esa niña ingenua a la que en la historia “le roban un beso” y la escandalizan, ejemplificaba un caso de desperada y heroica resistencia contra la opresión? Acaso no, acaso todo ello resultó, como ocurre a menudo en las buenas novelas, por obra de la intuición, la adivinanza y la autenticidad con que buscaba, al escribir, atrapar una elusiva y peligrosa verdad que sólo a través de los laberintos y símbolos de la ficción era expresable. Lo consiguió y, medio siglo después de publicada, su hermosa y terrible novela sigue viva.

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