Nuevo Vendaval en la Casa Blanca

Tras seis meses de presión máxima, errores y desavenencias con el vertiginoso presidente, la voz pública de la caótica Administración Trump ha anunciado que en agosto se retira de un campo que nunca le fue propicio

REUTERS/Kevin Lamarque

Sean Spicer, portavoz de la Casa Blanca, renuncio a su cargo por discrepancias con Donald Trump, lo que agudiza la crisis del Gobierno.

Tras seis meses de presión máxima, errores y desavenencias con el vertiginoso presidente, la voz pública de la caótica Administración Trump ha anunciado que en agosto se retira de un campo que nunca le fue propicio. Aunque el motivo aducido haya sido su oposición al nombramiento del empresario neoyorquino Anthony Scaramucci como el nuevo director de comunicaciones, su salida culmina un largo y lento tormento.

La caída de alguien que nunca fue querido por los medios. Ni tampoco por su jefe. A Spicer le sustituirá la actual adjunta, Sarah Huckabee Sanders, de 34 años e hija del ex gobernador republicano de Arkansas.

Spicer, 46, nacido en Rhode Island, no era un hombre de Trump. Procedente de las filas republicanas, su elección fue fruto de la presión del jefe de gabinete de la Casa Blanca, Reince Priebus, pero nunca convenció al mandatario. Desde un principio se llevaron mal. Al día siguiente de su nombramiento, el presidente lo reprendió en privado por su imagen. No le gustaba ni el traje ni la corbata que había usado en su primera comparecencia. Tampoco su forma de hablar. Desde entonces, las relaciones entre el portavoz y Trump fueron tormentosas, hasta el punto de que el presidente llegó a comentar que sólo lo mantenía en el puesto por “sus altos índices de audiencia”.

Dentro y fuera de la Administración, el cortocircuito era evidente. En los últimos dos meses, las tradicionales apariciones públicas del portavoz se habían reducido hasta el punto de desaparecer semanas enteras. Su historial de errores no era ajeno a esta invisibilidad. En su estreno acusó a los medios críticos de haber mentido sobre la cifra de participantes en la investidura. De nada sirvieron las pruebas fotográficas que demostraban que había sido un acto con menos participación que el de su antecesor. Spicer siguió adelante con su cruzada y sus comparecencias se volvieron un circo.

No soportaba ser contradicho ni tampoco tenía cintura para contestar a los espinosas cuestiones que el presidente y su familia suscitaban a diario. A Jim Acosta de la CNN le espetó “tienes cero inteligencia” y a una periodista de ABC le recomendó que se comprara un diccionario. Pronto se convirtió en personaje de las parodias televisivas. Y en pleno apogeo de su descrédito, cometió un error mayúsculo: en su afán por demostrar que el presidente sirio, Bachar el Asad, es peor que Adolf Hitler argumentó que este último “ni siquiera cayó tan bajo como para usar armas químicas”. La bomba tardó segundos en estallar. Apresuradamente, Spicer tuvo que pedir disculpas. Pero ya era tarde.

Tenso, autoritario e incapaz de suscitar empatía, la distancia con los medios se había agigantado sin remedio. En este alejamiento participó activamente su patrón. Y no sólo por la adicción de Trump a la televisión en la que no encajaba Spicer. Sino porque más de una vez, el presidente dejó a su portavoz mal parado.

El viernes Trump decidió nombrar como director de comunicaciones de la Casa Blanca a Anthony Scaramucci, un financista de Nueva York muy activo en la campaña electoral, pero rechazado por Spicer y Priebus. Amigo del presidente, de su hijo mayor y de su yerno, Scaramucci se ha distinguido por defender a Trumpo ante las cámaras de televisión. Hace dos semanas logró una retractación publica de CNN por una información falsa. Esta rectificación vino acompañada por la dimisión de tres periodistas, entre ellos, la del jefe de investigación de la cadena.

Acostumbrado a navegar solo y cambiar de rumbo cuando lo considera oportuno el presidente solia destruir argumentos largamente preparados por la Casa Blanca. Así ocurrió al día siguiente de la explosiva destitución del director del FBI, James Comey. El despido fue presentado por la Casa Blanca como una consecuencia directa de su errática actuación en el caso de los correos electrónicos de Hillary Clinton. Nada más hacerse pública esta versión, Trump rompió con lo dicho y admitió en una televisión que lo había echado por “esa cosa rusa”. Bajo este continuo vendaval, Spicer intentó primero seguir en cubierta, pero poco a poco decidió dar mayor protagonismo a su adjunta, Sarah Huckabee Sanders. El paso atrás disgustó a Trump, cuya naturaleza catódica siempre ha exigido a los suyos capacidad para dar la cara.

Esta larga tensión, siempre según las primeras versiones, estalló este viernes cuando el presidente decidió nombrar como director de comunicaciones de la Casa Blanca a Anthony Scaramucci, un financista de Nueva York muy activo en la campaña electoral, pero rechazado por Spicer y Priebus. Amigo del presidente, de su hijo mayor y de su yerno, Scaramucci se ha distinguido por defender al republicano ante las cámaras de televisión. Hace dos semanas logró una retractación publica de CNN por una información falsa. Esta rectificación vino acompañada por la dimisión de tres periodistas, entre ellos, la del jefe de investigación de la cadena.

Este éxito le hizo ganar puntos ante Trump, quien hoy por la mañana le citó en la Casa Blanca para comunicarle su nombramiento. Spicer consideró la medida una desautorización personal y presentó la renuncia.

Aunque la Dirección de Comunicaciones es un cargo más orgánico y de perfil estratégico, Scaramucci decidió tomar protagonismo y nada más anunciarse la dimisión salió a la palestra y respondió a los periodistas. Con agilidad y seguro de sí mismo, no sólo negó sus desavenencias con Spicer y Priebus, sino que él mismo anunció el nombramiento de Huckabee. Respondió a todas las preguntas.

El Gobierno de Trump atraviesa serios problemas con la prensa, ya que además de los enfrentamientos directos que ha protagonizado, ha hecho pública en varias ocasiones su disconformidad sobre cómo la Casa Blanca gestiona su relación con los periodistas.

A finales de mayo, Trump amenazó con poner fin a las ruedas de prensa del Ejecutivo, algo que no se ha materializado, aunque sí ha reducido considerablemente el número de encuentros de sus portavoces con la prensa, que ahora en su mayoría tienen lugar sin presencia de cámaras.

Desde una Casa Blanca que ha llegado a argumentar que defiende “hechos alternativos” a los de la prensa, Spicer se ha quejado una y otra vez sobre la cobertura “negativa” y “desmoralizante” que, a su juicio, la mayoría de los medios generalistas hacen sobre Trump. El presidente, por su parte, ha acusado a la prensa de “enemiga del pueblo norteamericano”.

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